sábado, 19 de abril de 2008

Odiar: ejercicio nocturno.

─Tenemos una niña nueva en el taller. Bienvenida. ─ dijo Rosa Nissan, quien me pidió que me presentara y dijera si tengo algún proyecto o por qué decidí tomar el curso de Autobiografía.

(Efectivamente me sentí niña entre casi 12 mujeres y un caballero de entre 40 y 70 años de edad, como diría Bárbara, personaje de la escritora española Rosa Montero, me quedé patidifusa al entrar al salón y toparme con aquellas personas. No hay límites de edad ni pensamiento cuando se quiere y necesita escribir.)

Leímos algunos poemas de Don Margarito Ledesma, ¡que hombre tan gracioso, pero quiso ser poeta! Luego, una compañera leyó un texto de otra alumna, en otro curso de Rosa, respecto al ODIO. Al termino, iniciamos nuestro ejercicio: Escribir durante cinco minutos lo que llegara a nuestra mente y papel de dicho sentimiento.

Anoche repetí la tarea…

Odio escribir para perseguir su recuerdo y no olvidarle. Odio que los recuerdos de lo imperfecto
palidezcan porque entonces comprendo la vida.

Odio pensar que no me amó; odio más que me hayas dicho lo contrario. Odio que me hayas advertido cuánto te recordaría el resto de mi vida aunque tomáramos rumbos distintos.

Odio contar los días. Ya pasaron siete meses de aquella amena, extraña y “esperada” despedida. Odio a septiembre; a noviembre y a diciembre. Odio a la esperanza porque esperó. Odio a ese océano, que no te tragó, tanto como a esas raíces que no alcanzaron tus pies y te permitieron volver. Odio que hayas regresado a culpar y reprochar el cariño que ya te odia.

Odio que la memoria no me falle tan solo unos minutos, odio que no suceda. Odio mis ganas de: querer, vivir, sentir, hablar, explorar, compartir, escribir, ser, degustar, descubrir más contigo, a tu lado. Odio tu pinche miedo a perderlo todo. Odio que hayas sido quien me enseñó a no temer mientras la inconciencia es conciente, a apostar en la batalla, a tocar y alcanzar la plenitud.

Odio que te hayas rendido en tan poco; odio que me enseñaste qué hacer juntos, pero no sin ti.

Odio que no haya manuales efectivos ni fórmulas contra la palidez del recuerdo, de lo imperfecto. Odio que la gente, el Metro, la Roma, la San Miguel Chapultepec; Viaducto o Periférico me recuerden que ahí o allá estás.

Odio odiarte, ya me cansaré; entonces ya tus imperfecciones serán perfectas. Odio.


“Somos seres imperfectos que vivimos en un mundo imperfecto”
Tokio blues, Haruki Murakami.

5 comentarios:

ElPoeta dijo...

Karina querida, me alegro que estés en ese taller, porque pienso que ese tipo de ejercicios es bueno siempre para la imaginación... de hecho, me ha encantado eso que has escrito sobre el odio... muy profundo y muy bien escrito. Un beso, amiga,
V.

Stacy Corajitos dijo...

wow!!


Kary!!!!


qué chingona eres para escribir caray!!

y qué bien que estás en ese taller, te ayuda a sacar un buen de "odios".

Neta, no sé que más escribir. Me has dejado boquiabierta y me siento plenamente identificada contigo.


cuídate mucho!!!


(mmm... "odio" que la palabra de verificación me recuerde a cierta "zorra", caray!)

Jane dijo...

Oye que padre que escribas estas cosas... se me afigura que sacas un buen de cositas que traes ahi guardadas... esta con ganas tu taller.
saluditos!!

Latamoderna dijo...

Ay manita... pues... le quedó re chulo, es una buena forma de desahogarse, sin duda alguna.
:)
Siga escribiendo, que la inspiración esté con usté.

Karina dijo...

Poeta:
Pienso, quizá alguien me corregirá, que escribir es la mejor terapia para lo que pesa y queda acá, muy hondo.

Stacy:
Gracias, de verdá me encantaría ser una chingonería escribiente, jajaja.

Haz el ejercicio, uno se siene vivooo!!

Beso, niña.


Jane:
No, no se ta afigura -figura- que saca uno sobre papel lo que quizá en un diván y con ocho meses terapia no logras por más esfuerzo que hagas.

¿y tú, Jane, qué odias?


Lataaaa!!!
Se hace lo que se puede, je...Bien me lo dijiste el sábado, aún cargo con mis demonios.

Sin embargo, ¿sabes? Mientras veníamos pal DF, me imaginé algo re bonito: Encontrarlo y brindale una sonrisa -en el futuro- que le demuestre mi gratitud por las cosas aprendidas mutuamente sin palabras.

Tengo mucho que aprender de usté, mana.